El Derecho al Riesgo

El Derecho al Riesgo
André Ilha

André Ilha, el autor, escalando en Rio de Janeiro.

André Ilha, el autor, escalando en Rio de Janeiro.

El camino evolutivo seguido por nuestros ancestrales les proporcionó una serie de cualidades físicas y mentales que permitieron multiplicar de forma asombrosa el resultado de su trabajo, y crear ecosistemas artificiales cómodos y seguros para sí y su descendencia, eliminando los peligros y las incertidumbres propias del mundo primitivo. Excepto por desigualdades sociales, abrigo, alimento, vestuario, salud y seguridad están de cierta forma asegurados, permitiendo el relajamiento de aquellas cualidades innatas originales que nos llevaron a conquistar el mundo.

Ese relajamiento, sin embargo, no significa eliminar, y para muchos un llamado salvaje, como aquel del libro inmortal de Jack London, invita a hacer el uso de tales cualidades, o de parte de ellas, no más en busca de alimento o abrigo o enfrentando tigres de dientes de sable, pero de forma estilizada, en actividades deportivas al aire libre genéricamente denominadas deportes de aventura. Surf, escalada en roca, buceo, vuelo libre y otras más son actividades que colocan a sus practicantes en contacto directo con la naturaleza en su estado más indomado, y aparte de generar un inmenso placer arrebatador, contribuyen para que sus adeptos cultiven otras cualidades relevantes como autocontrol, solidaridad, trabajo en equipo, amor a la naturaleza entre tantas otras.

La palabra “aventura”, sin embargo, pre supone incertidumbre y riesgo. No existe “aventura” con resultados garantizados, ni sin alguna dosis de riesgo. Esta afirmación, consagrada en los artículos de los mejores diccionarios, es también reflejada en la óptima definición oficial para los deportes de aventura dada por el Ministerio de Deportes. Emociones fuertes, hasta muy fuertes, (casi) sin riesgo y con descarga asegurada, se consigue en los parques de diversiones, pero no bajando en cayac en un rio turbulento, saltando de parapente de la cima de una montaña o explorando una caverna sumergida.

Esta característica de los deportes de aventura, sin embargo, ni siempre es bien comprendida por la mayoría de la población, que aprecia, sobre todo, la comodidad y la seguridad relativa del mundo moderno. Esto de cierta forma se refleja en recurrentes proyectos de ley que, a pesar de bien intencionados, caso fueran aprobados descaracterizan o incluso eliminarían aquello que pretenden regular. A pesar de normalmente estar inclinados hacia la práctica comercial de estas actividades – por tanto teniendo como objetivo primario el llamado turismo de aventura -, tales proyectos, por redacción deficiente, impactan también, y de forma desastrosa, sobre los practicantes amantes.

Tales proyectos son estructurados sobre dos líneas bien definidas: la búsqueda obsesiva por certificaciones y registros formales, en un registro notarial lucrativo (para alguien) que ni siempre presenta una utilidad concreta; y restricciones oprimidas, inclusive en cuanto al libre acceso a los lugares de práctica de estos deportes, muchos de ellos en parques naturales públicos, que equivaldrían, si fueran aprobados, a su eliminación virtual, aunque no explícitamente declarada. El miedo de responsabilización civil e incluso penal en el caso de la ocurrencia de una accidente, siempre mayor debido al sesgo paternalista de la legislación brasileña, potencializa este proceso, y hoy el mayor riesgo enfrentado por un escalador o  b.a.s.e. jumper tal vez no sea su actividad en sí, pero si abogados que incitan a alguien a mover procesos judiciales si ocurre un accidente. O, peor, por practicantes eventuales que, si algo sucede, afirman desconocer, como si eso fuera posible, que estas actividades son de hecho arriesgadas, y buscan dividir una responsabilidad que debería ser solo suya con alguien más, nada raro para intentar conseguir alguna ventaja financiera.

Como montañista empecinado, y practicante circunstancial de otros deportes de aventura, lucho por el derecho de atender a este impulso ancestral con plena conciencia de los riesgos involucrados, asumiendo integralmente las consecuencias de la decisión de practicarlos y sin esperar jamás, por coherencia, que alguien, individuo o institución, venga a ser responsabilizado en la hipótesis de que algo salga mal. No es pretensión exagerada, ni disparatada, y necesitamos andar para una jurisprudencia que asegure este derecho.

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